El origen de la Biblia
(Suministrado)
En el mundo hay muchos millones de personas que se proclaman cristianas, siendo la Biblia el fondo común de su fe. Las diferentes iglesias afirman, contra toda otra opinión, que la Biblia es y contiene la "palabra de Dios". El cristiano corriente y sencillo le cree a los teólogos cuando ellos proclaman que Dios inspiró, y aun dictó personalmente, "el libro de los libros". Por lo que al Nuevo Testamento se refiere, este sencillo cristiano tiene por seguro que las prédicas y las promesas de Jesús fueron registradas, como quien dice, por taquígrafos y que los acontecimientos milagrosos de aquellos tiempos fueron, casi inmediatamente después de observados, plasmados en las oportunas crónicas. Así pues el cristiano corriente acepta y considera el Libro de los libros como una colección de informes auténticos.
El profesor Hans Conzelmann, titular de la cátedra de Nuevo Testamento de la Universidad de Gotinga, afirma que la comunidad cristiana desconoce en gran manera los resultados de las investigaciones críticas llevadas a cabo acerca de este libro. La Biblia no es lo que hasta ahora se ha venido pretendiendo que sea, ni el Espíritu Santo sigue siendo hoy lo que originariamente fue.
Es lógico que los críticos especializados en teología exclamarán, con mayor o menor indignación: "Eso ya lo sabíamos; consignado está en nuestra literatura específicamente teológica". Y tienen razón, pero no es menos cierto que tanto las grandes como las más modestas de las diferentes iglesias acompañan al hombre desde la cuna hasta el lecho de muerte, haciéndose indispensables, a través de espaciadas y muy estratégicamente situadas ceremonias, en todos los estados de la vida del hombre.
En la publicidad radica precisamente la potencia y la nutrición de las arcas de la iglesia. Por eso no es justo decir que en los libros de las bibliotecas teológicas se puedan leer todos los errores hallados en la Biblia; errores que han sido públicamente difundidos como si en ellos se hallara contenida la más genuina de las verdades. ¿Cuántas personas, entre los centenares de millones de cristianos, tienen acceso a los archivos de la ciencia teológica?
Joachim Kahl, teólogo doctorado por la Universidad Phillips, de Marburgo, afirma: "La ignorancia de los cristianos radica substancialmente en la insuficiente información servida por los teólogos y por los historiadores eclesiásticos, quienes utilizan en sus trabajos dos maneras de juzgar y de negar aquellos hechos que consideran como escandalosos. O bien embrollan la realidad, haciéndola aparecer como lo contrario de lo que es, o bien la ocultan tras un nebuloso veto". Estos dos métodos se podrían llamar dos maneras de engañar a los creyentes.
El laico tiene derecho a que se le esclarezcan los errores y las inexactitudes hallados en las enseñanzas del cristianismo desde los tiempos más antiguos. El laico tiene derecho a que se le explique, de manera clara y comprensible, la verdad. El laico tiene derecho a verse liberado de esos miedos que desde hace 2,000 años le han sido infundidos.
En la constitución del Concilio Vaticano II, del 21 de noviembre de 1964; en la explicación del 28 de noviembre de 1965 sobre las relaciones con las religiones no cristianas; y en la solemne profesión de fe del Papa Paulo VI del 30 de junio de 1968, queda explícita y nuevamente confirmado, que la Iglesia católica:
* es la única verdadera;
* define la única infalible verdad;
* es necesaria para alcanzar la salvación;
* tiene confiada la custodia de los bienes celestiales;
* es la única heredera verdadera de las promesas divinas;
* es la única que está en posesión del espíritu de Cristo;
* se le confió la infalible magistratura, exclusivamente;
* es la única que está en posesión de toda la verdad.
* El día 18 de noviembre de 1965 la Iglesia católica anunció, de manera oficial y solemne:
* que el autor de la Biblia es el mismo Dios;
* que la Biblia es santa en todas sus partes;
* que la Biblia ha sido escrita en todas sus partes bajo la inspiración del Espíritu Santo;
* que todo cuanto dicen los autores de la Biblia ha sido inspirado por el Espíritu Santo y es como si Él mismo lo hubiera redactado;
* que la Biblia enseña, segura, fielmente y sin error.
Para presentar esta pretensión de exclusivismo ante la comunidad de varios centenares de millones de creyentes, los teólogos, sin hacer la más mínima mención de los descubrimientos hechos en sus investigaciones, se remiten a la Biblia, a los evangelistas, a las cartas los Apóstoles y al "texto original de las Sagradas Escrituras. Pero lo cierto es que ninguno de los evangelios es contemporáneo de Jesús, y que ninguno de los contemporáneos de él escribió documento alguno en plan de testigo ocular de los hechos.
Después de la destrucción de Jerusalén por el emperador romano Tito (39-81 d. de C.), en el año 70 se empezaron a redactar algunos escritos sobre Jesús y sus más inmediatos seguidores. Si se considera el año 30 como el año de la muerte del maestro, resulta que Marcos tuvo que escribir su evangelio por lo menos 40 años después de la crucifixión.
Según la opinión del doctor Johannes Lehmann, cotraductor de una nueva edición de la Biblia, "los evangelistas son intérpretes, no biógrafos; no aclararon lo que luego, a lo largo de las generaciones se ha venido haciendo cada vez más oscuro, sino que, por el contrario, oscurecieron lo que más claro aparecía. Los evangelistas no escribieron historia, compusieron una historia. No pretendieron relatar los hechos, rectificaron y editaron los hechos".
No existen los "textos originales" tan traídos y llevados por la muy imaginativa teología. ¿Qué son, entonces, tales textos? Pues, sencillamente, copias efectuadas en los siglos IV y X. El número aproximado de tales copias se eleva a 1,500, con la particularidad de que sobre éstas se efectuaron otras tantas y que ni una sola de ellas es igual a la otra. Se han computado entre tales copias más de 80,000 diferencias o discrepancias. No existe ni una sola página de los pretendidos "textos originales" en la que no se hallen algunas contradicciones. De copia en copia, los versículos fueron cada vez concebidos de manera distinta, siendo modificados y adaptados a las exigencias de los tiempos.
En los "textos originales" de la Biblia, las faltas - todas ellas fácilmente demostrables - se cuentan por millares. El texto original más importante - el Codex Sinaiticus, que, al igual que el Codex Vaticanus, fue compuesto en el siglo IV- fue hallado en el monasterio del Sinaí en el año 1844. El código de referencia contiene 16,000 correcciones que fueron obra de siete diferentes correctores, los cuales figuran como "autores". Ciertas partes de dicho código fueron modificadas tres veces consecutivas, siendo más tarde sustituidas por un cuarto texto original. Friedrich Delitzsch, autor de un diccionario hebreo y especialista destacado, ha descubierto 3,000 faltas de copistas en el "texto original".
Lo que ocurre con los "textos originales" es un reflejo de la manera como los teólogos confunden muchas veces a la gente. Toda persona normal asocia el concepto de "texto original" a la idea de documento auténtico, de cosa indudablemente original y, en todo caso, indiscutible. ¿Qué diría el laico cristiano si, desde el púlpito, se le hiciera saber, honrada y sinceramente, que no existe, en el sentido literal, ningún texto original?
Pero lo realmente sensacional y sin paralelo en la historia humana es que los relatos bíblicos hayan podido resistir a título de "palabra de Dios" nada menos que 7,000 años. Y lo que ya casi raya en la esquizofrenia es que unos "textos originales" tan llenos de contradicciones sigan siendo todavía reivindicados como la auténtica "palabra de Dios".
Decir "falsificación" es, desde luego, un término, una calificación en extremo dura. Falsificación significa ni más ni menos un engaño deliberado. Por otra parte, los padres de la iglesia de los primeros siglos mantuvieron la unánime opinión - si bien disculparon a los causantes - de que los "textos originales" fueron objeto de repetidas falsificaciones. Dichos padres manifestaron públicamente que se habían realizado "interpolaciones, deformaciones, modificaciones, escamoteos". Pero eso ocurrió hace mucho tiempo, y tales acusaciones verbales no han venido a cambiar en nada el hecho objetivo de las falsificaciones perpetradas.
A los teólogos cristianos no les gusta - y ello es comprensible - que se hable de falsificaciones de los "textos originales". Esos teólogos toman la defensa de dichas falsificaciones diciendo que se trata de "modificaciones conscientes" y envolviendo a los modificadores en algodones verbales, alegando que estos llevaron a cabo dichas modificaciones en beneficio de la auténtica palabra de Dios.
Por lo que a la falsificaciones se refiere, escribe el doctor Robert Kehl, de Zürich: "Muchas veces aconteció que determinado corrector modificó cierto párrafo en un sentido dado y que el siguiente corrector modificó a su vez ese párrafo en un sentido diametralmente opuesto al de la anterior corrección. Por lo que de tales correcciones y contra-correcciones ha venido a resultar un texto por demás caótico y una inextricable confusión".
El sacerdote Jean Schorer, adscrito por espacio de muchos años a la catedral de Saint-Pierre, de Ginebra, llega a la conclusión de que la tesis de la inspiración de todo el contenido de la Biblia y la noción de que Dios es el autor de la misma son conceptos totalmente insostenibles. El dice que el libro está en contraposición con los conocimientos elementales del recto espíritu humano y por existir, además, en la misma Biblia, tal número de claras rectificaciones o dementis que semejante concepto sólo puede ser sustentado por los sencillos evangelistas y demás personas carentes de la necesaria cultura general.
En ciertas ediciones modernas de la Biblia se admite, por lo menos, que determinados pasajes fueron más tarde interpolados. Pero tal admisión es sólo una ligera insinuación de las masivas manipulaciones efectuadas en los textos bíblicos. En el libro del doctor Robert Kehl, titulado "La religión del hombre moderno", se traza el siguiente esquema de lo que en realidad sucedió:
"La mayoría de los creyentes en la Biblia piensan ingenuamente que el texto de la sagrada escritura ha permanecido siendo siempre el mismo que hoy se lee. Creen que la Biblia ha constado siempre de las partes de que consta el ejemplar Biblia personal. No saben, tales creyentes - y la mayoría de ellos no lo quieren saber, que los cristianos de los primeros tiempos no dispusieron, a lo largo de dos siglos (aparte del Antiguo Testamento) de otra "escritura" que el Canon de ese Antiguo Testamento, el cual todavía no estaba en aquellos siglos terminado. Igualmente ignoran que los textos del Nuevo Testamento se han venido redactando muy lentamente. Durante mucho tiempo nadie pensó en considerar que esos textos del Nuevo Testamento, que eran leídos en las parroquias, eran también textos sagrados. Todavía nadie pensaba en equiparar esos textos sagrados a escrituras pertenecientes al Antiguo Testamento. La idea de dar entrada a esos textos en el cuerpo de la Biblia surgió en unos tiempos en que en el seno del cristianismo existían diversas tendencias que luchaban entre sí y que por ello era preciso que unos y otros se pusieran de acuerdo. Hacia el año 200 se empezó a considerar, de forma paulatina, esos textos como sagrada escritura."
En tales textos no hay nada procedente de la inspiración de espíritu alguno. La "palabra de Dios" dependió de una votación secreta realizada mediante unas bolas bancas v negras. Ésa es la verdad. Las organizaciones mundiales erigidas en guardianes de la última y única verdad debieron haber tenido el valor de exponer estas realidades históricas a los laicos en vez de enzarzarse en discusiones dialécticas incomprensibles para todo quien no fuera teólogo. Echando mano de su magnifico aparato de "relaciones públicas", debieron haber divulgado la verdad en un lenguaje comprensible para el pueblo ordinario. ¿ Es que les ha faltado siempre el necesario valor cívico para ello? ¿ Es que se tiene miedo de que a la cooperativa mutua le pueda fallar la base económica, comercial, por así decirlo, si se confiesa que la Biblia, habida cuenta de cómo ésta se ha venido formando, no es ni puede ser la "palabra de Dios"? ¿Cuánto tiempo piensan todavía permanecer en el error de mantener a los creyentes en este estado de humildad y de candidez cristianas? ¿Cuánto tiempo pueden todavía seguir llamando la "voluntad de Dios", inspirada por el "Espíritu Santo", a las contradicciones y a las falsificaciones mantenidas con vistas a la "salvación de los fieles"? ¿Qué tiene que ver la investigación teológica con la ciencia si las cosas y los hechos están siendo manipulados de esta forma? Como sea, la teología constituye una facultad de carácter científico adscrita a las universidades y alimentada con los fondos de unos contribuyentes que son - o que se llaman en su mayoría cristianos. Quiero creer que a los estudiantes de teología de esas facultades les serán impartidos, sin ambages, los conocimientos realmente científicos sobre la materia. ¿Cuál es la transformación que esta materia ha experimentado, por mano de los profesores universitarios, en relación con los sermones populares? ¿Dónde, en qué lugar se programa el escamoteo de los conocimientos, el desconocimiento de las realidades y, en último lugar, la presentación de la Biblia como la verdadera y genuina palabra de Dios cual se viene predicando desde todos los púlpitos y en todo momento?
¿Cómo se han verificado los cambios? Todo empezó en los concilios, que, como se sabe, son asambleas a las que concurren las altas jerarquías eclesiásticas para tratar asuntos de extraordinaria importancia para la Iglesia. La condición necesaria para que un dignatario de la Iglesia sea convocado es la de que éste sea "carismático", es decir, que esté imbuido de la "gracia divina". Porque en un concilio, en una asamblea de tan elevada autoridad, el Espíritu Santo tiene que descender sobre los participantes en dicha asamblea e infundirles la inspiración divina. Y eso es lo que el cristiano viene obligado a creer.
En la celebración de los primeros cinco concilios ecuménicos reunidos en el todavía joven mundo cristiano fueron establecidos los mecanismos para los cambios en el contenido y en la organización de la nueva religión.
La más antigua enseñanza de la fe, cuyo valor dogmático ha permanecido vigente hasta el día de hoy, fue promulgada en Nicea (año 325), en Constantinopla (año 381), en Efeso (año 431), en Calcedonia (año 451) y, de nuevo, en Constantinopla (año 553).
Primer concilio ecuménico de Nicea. Este concilio fue convocado por el emperador Constantino (288-337), quien fue bautizado en su lecho de muerte, para consolidar así, con el apoyo del cristianismo, el Imperio romano, tan pujante y de tanto porvenir en aquellos mementos. Al elegir Constantino a los 318 obispos que debían tomar parte en dicho concilio no lo hizo con criterio religioso alguno, sino únicamente con la mira puesta en las conveniencias políticas inherentes a una gran potencia. Para aquellos obispos no existió ninguna duda al respecto (es decir, con respecto al carácter eminentemente político del concilio), toda vez que el emperador no sólo presidió personalmente la asamblea, sino que en la comunicación oficial quedaba bien claro que su voluntad era la ley para la Iglesia. Las jerarquías eclesiásticas le nombraron, además, "obispo universal" aun antes de ser bautizado, y le permitieron tomar parte, como príncipe profano, en las votaciones relativas a las enseñanzas de la Iglesia. Como se ve, los intereses clericales y los profanos optaron, ya desde el comienzo, por una entrañable simbiosis.
Por otra parte, Constantino no tenía la más mínima noción de las enseñanzas de Jesús. No era sino un adepto del culto al sol (Mitra, el dios de la luz, del antiguo Irán), y hasta muy avanzados los tiempos del cristianismo la efigie de este emperador aparecía grabada en monedas y medallas caracterizado como "el Sol invicto", al que se le rendía culto divino. Al dar su nombre a Bizancio, la antigua ciudad comercial griega, convirtiéndola en Constantinopla ( 330 ), capital del Imperio romano, hizo erigir, para los actos de la inauguración de la nueva metrópoli, una altísima columna rematada por una estatua de sí mismo bajo la advocación del Sol invicto. Con tal motivo se celebraron en calles y plazas nutridas procesiones en las que hubo gran profusión de incienso, y los cirios brillaron a su mayor gloria. Este sumo pontífice, lejos de proceder, en un acto de amor al prójimo cristiano, a la liberación de los esclavos, decretó que al esclavo que .se le cogiera hurtando algo de comida se le vertiera plomo, derretido en la boca y permitió que .los padres vendieran a sus hijos en tiempo de escasez. (¿Acaso el pontífice interpretó torcidamente el pasaje de Mateo, 18, 23: "Por esto se asemeja el reino de los cielos a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos"?)
¿En qué decisiones eclesiástico-políticas tomó parte este emperador?
Hasta el concilio de Nicea había estado vigente la opinión de Arrio de Alejandría de que Dios y Jesús no eran lo mismo, sino que sólo existía una semejanza entre ellos. Ahora bien, Constantino impuso al concilio su opinión de la identidad de Dios Padre y Jesús. Así, pues, dicha identidad -la igualdad entre Jesús y Dios- se convirtió por voluntad imperial, en dogma de la Iglesia cristiana.
El aún no cristiano Constantino prestó a la iglesia otro importante servicio. En aquellos días se desconocía todavía el lugar donde fuera enterrado Jesús. Y fue este emperador romano quien, en el año 326 y por "inspiración divina", descubrió el sepulcro de Jesús. (En el año 330 mandó Constantino construir. en Jerusalén, la santa Iglesia del Sepulcro. Este maravilloso descubrimiento no impidió el que Constantino asesinara, en aquel mismo año, a su hijo Crispo y a su mujer Fausta, a los cuales mandó echar en agua hirviente, y ordenara, más tarde, detener a su padre político, Maximiano, a quien forzó al suicidio.)
Ésa es la imagen del emperador y pontífice que manipuló la "confesión de fe" de Nicea y que, terminado el concilio, manifestó, por medio de una circular dirigida a las comunidades cristianas, que las decisiones adoptadas por los 318 obispos constituían la "voluntad de Dios". Constantino el Grande ha sido, además, proclamado santo por las iglesias armenia, griega y rusa.
El segundo concilio ecuménico de Constantinopla fue convocado por el emperador Teodosio I ( 347-395), a quien la Iglesia adjudicó el honorífico epíteto de "el Grande". Este emperador romano no le fue a la zaga, en cuanto a cualidades morales, a su colega Constantino. Teodosio fue - y esto lo sabe muy bien la historia - un desollador de los pobres, a quienes impuso cargas y tributos insoportables, haciéndolos torturar brutalmente por sus esbirros, y prohibiendo bajo las más severas penas que se diera cobijo a esas desgraciadas criaturas. Víctimas de tales castigos, sucumbieron los habitantes de pueblos enteros. En el año 390 - ya casi diez años después de la celebración del santo concilio - mandó asesinar, en una sangrienta matanza perpetrada en el circo de la ciudad de Tesalónica, a siete mil ciudadanos declarados rebeldes. Y esto sucedió cuando la Iglesia cristiana lanzaba a los cuatro vientos su "Aleluya". Teodosio hizo del cristianismo la religión del Estado, (por esto se le llamó precisamente "el Grande"), y mandó a Ambrosio, obispo de Milán, que arrasara todos los santuarios y templos paganos. Por tales métodos, Teodosio puede muy bien ser considerado el protoinquisidor cristiano. Por otra parte, cabe afirmar que si Jesús trajo un alegre y confortante mensaje para los pobres y los perseguidos, Teodosio vino a ser su antagonista es decir, el Anticristo en persona. Y este abominable personaje fue precisamente quien convocó el segundo concilio, el concilio de Constantinopla. Este concilio de Constantinopla es considerado como, fundamental, toda vez que en él fue proclamado el dogma de la Trinidad. Y, si en Nicea se declaró la igualdad del Padre y del Hijo, en Constantinopla se proclamó la igualdad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Este dogma ha sido hasta el presente la savia que ha venido nutriendo a la Iglesia.
El concilio de Efeso fue convocado por el emperador Teodosio II (408-450) ,y por Valentiniano III (425-455 ). Estos dos emperadores nunca se preocuparon por los problemas políticos ni tampoco por los religiosos. Fueron simplemente dos "playboys".
Teodosio II fue un hombre de carácter extremadamente débil y exclusivamente entregado a sus pasatiempos. Para sostener su fastuoso tren de vida abrumó con cada vez más onerosos tributos a sus súbditos. Como se ve este emperador se tomó con creces lo que era del Cesar... Dada su debilidad de carácter, nada tiene de extraño que Teodosio se hallara totalmente sometido a la voluntad de su hermana mayor, Pulquería (399-453 ), fémina intrigante y ávida de poder. Pulquería estuvo gobernando durante cierto el imperio, y a lo largo de su soltería no se cansó de proclamar, a troche y moche, su virginidad (lo que hacía sonreír a sus contemporáneos). Con todo, esa su insistente y santurrona afirmación tuvo la fuerza suficiente para que se la proclamara santa; lo cual no impidió que, después de la muerte de su hermano, hiciera asesinar a su rival, el idóneo, eficaz y valiente Crísofo.
En este concilio se instituyó el culto a María como madre de Dios. Tal resolución, inserta en el Codex Theodosiani, tuvo la fuerza de ley imperial. Por lo que se ve, el poder imperial el Espíritu Santo hizo siempre muy buenas migas.
El cuarto concilio de Calcedonia fue formalmente convocado por el emperador bizantino Marciano (396-457), quien estaba en realidad sometido a la influencia de la virginal Pulquería, la cual se casó con él tras la muerte de Teodosio. Pulquería siempre supo, mejor que los mismos obispos, lo que quería. El teólogo Eduard Schwartz llega a la conclusión de que fue Pulquería quien, en contra de la voluntad de las diversas iglesias, consiguió la reunión del concilio, cuyo control mantuvo en sus manos.
El papa León I promovió, a través de sus Epístolas Dogmáticas, la fórmula de la creencia en la doble naturaleza de Jesús. Y este concilio promulgó la tesis de que en la persona de Jesús están unidas, "sin mezcla e inseparablemente", la naturaleza divina y la humana. Como "fórmula calcedoniana de fe", esa doble naturaleza de Cristo ha estado en vigor hasta nuestros días.
Y fue precisamente en este concilio, donde se le confirió al papa la facultad de intervenir, en cualquier momento, en materia de fe para salvaguardar la unidad de las enseñanzas de la Iglesia. De esta manera Roma consiguió su primado sobre la Iglesia universal. Roma tiene, pues, que mostrar su agradecimiento a la santificada Pulquería porque ésta, con sus intrigas, hizo que el concilio tomara tal decisión.
El quinto concilio ecuménico de Constantinopla fue organizado por el emperador Justiniano (483-565). Justiniano fue un déspota de tomo y lomo, lo cual no impidió y tal vez favoreció el que hiciera realidad los caprichos de su mujer y coreinante Teodora (497-548). Hija de un guardia del circo, Teodora se hizo acreedora al agradecimiento de su esposo porque salvó al trono cuando la rebelión de Nika (532), en la que los partidos verde y azul del circo se sublevaron contra el déspota. En gracia a tal mérito, y poniendo a contribución su firme voluntad, Teodora logró extirpar los restos del paganismo.
A lo largo de todo el desarrollo del quinto concilio, los obispos reunidos no tuvieron necesidad de intervenir para nada. Lo que desde hacia tiempo Justiniano había deseado resolver, lo fue resolviendo a través de decretos y de leyes imperiales. No sin ironía, esta asamblea conciliar ha sido llamada "el concilio de la aclamación".
Justiniano envió al papa Virgilio (537-555) - "indigno representante de su alto cargo" - a Constantinopla. Dicho papa fue más tarde objeto de fuertes ataques por parte de los partidarios de la infalibilidad pontificia. El papa Virgilio se convirtió, así como los obispos, de buena gana a los intereses del poder del emperador, el cual promulgó leyes, en extremo crueles, contra las herejías. De ahora en adelante, fue tenido por hereje todo aquel que no aceptara los dogmas cristianos, siendo tales herejes castigados con la muerte y la consiguiente incautación de todos sus bienes. Todo un ejército de agentes de la autoridad imperial fue lanzado al rastreo del país en busca de heterodoxos, a los cuales, de acuerdo con la orden de Justiniano, se les obligó a bautizarse.
El historiador bizantino Procopio (alrededor de 490-555) es autor de una historia de las guerras de Justiniano contra los persas, vándalos y godos, así como también de un libro sobre las construcciones de Justiniano (entre las cuales destaca Santa Sofía o Hagia Sophia). Procopio es igualmente autor de unos panfletos contra el mismo Justiniano y su mujer Teodora. Dicho autor, que seguramente conocía muy bien a su alto señor, describe a éste como un hombre cargado de orgullo, de hipocresía, injusto, pérfido, cruel y sanguinario. Por cierto, los comentaristas cristianos se complacen en sacar sabrosas deducciones de los escritos de Procopio, habida cuenta de que Justiniano, al igual que los emperadores Constantino y Teodosio, fue proclamado santo.
El escritor eclesiástico griego Orígenes (alrededor de 185-224), que ejerció su magisterio en la escuela de catequesis de Alejandría, es el más famoso teólogo de la Antigüedad cristiana y el primer representante del estudio de la Biblia. Debido a su formación platónica, Orígenes hizo comprensible, en parte, la Biblia a través de las interpretaciones alegóricas de la misma. Pero el concilio que nos ocupa juzgó tales exégesis como no ortodoxas. Las autoridades eclesiásticas reunidas en esta asamblea, y bajo la inspiración del Espíritu Santo, determinaron de forma exclusiva lo que de ahora en adelante debía ser considerado ortodoxo y lo que tenía que ser condenado por heterodoxo. Al ser hecha pública semejante decisión conciliar, no solamente fueron perseguidos los numerosos simpatizantes del texto original inspirado, sino que también sufrieron una fuerte represión todos aquellos a quienes se tildaba de heterodoxos. En aquellos mismos días fue establecido el simbólico "matrimonio" con la iglesia mediante el anillo pastoral que desde entonces vienen llevando los obispos.
Los principios de la confesión de fe establecidos en los cinco primeros concilios por los principios de la iglesia y pese al presunto carisma de los participantes en ellos, no fueron inspirados. En primer lugar, cabe formularnos la siguiente interrogante: ¿Tuvo tal persona existencia histórica? ¿Derramó su sangre en la cruz para la "redención de nuestros pecados"? ¿Predicó, en realidad, lo que acerca de sus enseñanzas se relata en el Nuevo Testamento? Y si las palabras que se dicen salidas de su boca no son realmente suyas, ¿de dónde proceden, entonces, las 1,500 copias de los textos originales"? Algo tuvo que ocurrir para que una persona que sufrió muerte de cruz determinara un culto tan inmenso y perdurable como el que desde hace veinte siglos se viene rindiendo a la figura de Jesús.
Hay escritos innumerables libros sobre la figura de Jesús de Nazaret. La historia de Jesús, reconstruida de acuerdo con los recientes descubrimientos de la ciencia, ha sido presentada por autores tales como Johannes Lehmann, Joel Carmichael y Rudolf Augstein. Contra estos críticos interpretativos de la personalidad histórica de Jesús se han levantado, como era de esperar, las voces de los teólogos. Pero si se tienen en cuenta los rodeos empleados por los autores que han emitido su parecer sobre la obra de Augstein, Jesús, hijo del hombre, entonces se echa de ver que las refutaciones de los citados autores obedecen exclusivamente a la técnica que Joachim Kahl llama "desfiguración".