Fuente: Textos Gnósticos - Biblioteca Nag Hammadi
II, por Antonio Piñero.
Editorial Trotta (www.trotta.es)
HECHOS DE PEDRO Y LOS DOCE APÓSTOLES
Introducción
1
[...] nos hicimos a la mar. Nos sentíamos unidos en nuestros corazones.
Estábamos todos dispuestos a ejecutar el ministerio que el Señor nos había
encargado, y llegamos a un acuerdo entre nosotros. Bajamos al mar en un momento
oportuno, dispuesto por el Señor. Encontramos un navío fondeado en la costa
preparado para partir, y hablamos con los marineros si podríamos embarcarnos
con ellos. Mostraron con nosotros una gran amabilidad, según lo dispuesto por
el Señor. Y ocurrió que cuando partimos, navegamos un día y una noche. Luego
sopló sobre la nave un viento contrario que nos arrastró hacia una pequeña
ciudad (en una isla) situada en medio del mar. Yo, Pedro, pregunté el nombre de
la ciudad a algunas personas del lugar que se hallaban en el muelle.
2
Nos respondió [un hombre] de aquellos [y nos dijo el nombre] de la ciudad que
era [«Inhabitación»], es decir, «Fundamento» [...] paciencia. Su alcalde se
hallaba [en el muelle, portando] una palma (en la mano). Y ocurrió que cuando
desembarcamos en tierra [con] el equipaje, entré en la ciudad buscando [consejo?]
sobre un alojamiento.
Primer encuentro con Litargoel
Salió un hombre que llevaba una vestidura ceñida sobre sus
lomos y un cinturón dorado que la ajustaba. (Llevaba) un blanco sudario
recogido alrededor del pecho, que le llegaba hasta los hombros y que cubría su
cabeza y sus manos. Yo contemplaba a ese hombre porque era hermoso en su forma
y figura. Cuatro zonas de su cuerpo miraba: las plantas de sus pies, una parte
de su pecho, las palmas de sus manos y su rostro. Esto es lo que pude ver.
Había en su mano izquierda una caja de las que suelen emplearse para libros y
un bastón de estoraque [madera de cierto tipo de árbol] en su derecha.
Su voz resonaba pausadamente mientras gritaba en la ciudad: «Perlas, perlas».
Yo pensé que era un habitante de aquella villa. Le hablé así: —Hermano mío y
compañero.
3
Me respondió: —[Bie]n has dicho «[hermano] mío [y c]ompañero». ¿Qué
[deseas] de mí?
Le respondí: —[Busco] un alojamiento para mí [y] para mis
hermanos, ya que somos forasteros.
Añadió: —Por eso también yo me he apresurado a decir
«hermano mío y compañero», porque soy un extranjero como tú.
Cuando hubo dicho estas palabras, gritó: —Perlas, perlas.
Oyeron su voz los ricos de aquella ciudad. (Unos) salieron
de sus habitaciones más ocultas; otros, por el contrario, lo contemplaron desde
las habitaciones de sus casas; y otros miraban desde las ventanas superiores.
Pero vieron que no (podían conseguir) nada de él, porque no llevaba alforja
ninguna sobre sus espaldas, ni envoltorio ninguno entre su vestidura o sudario.
A causa de su desprecio ni siquiera le preguntaron, y él, por su parte, no se
reveló a ellos. Los ricos se volvieron a sus aposentos mientras decían: «Éste
se burla de nosotros».
4
Los pobres [de la ciudad] escucharon [su voz, y salieron hacia] el hombre que
[vendía las perlas. Le dijeron]: —Por favor, [muéstranos una] perla, para que
al menos [podamos verla] con nuestros ojos, ya que somos [pobres], y no tenemos
el dinero de su precio para entregártelo. [Enséñanosla], sin embargo, para que
podamos decir a nuestros camaradas que [hemos visto] una perla con nuestros
propios ojos.
Les respondió así: —Si os es posible, venid a mi ciudad. No
sólo la mostraré ante vuestros ojos, sino que os la daré de balde.
Los pobres de aquella ciudad escucharon sus palabras y
replicaron: —Puesto que somos mendigos, sabemos que nadie acostumbra a regalar
una perla a los mendigos, quienes suelen recibir alimentos y calderilla. Ahora
bien, lo que deseamos obtener de tu bondad es que nos muestres la perla ante
nuestros ojos. Así podremos decir con orgullo a nuestros camaradas: «Hemos
visto una perla con nuestros ojos», ya que (tal cosa) no sucede entre los
pobres, especialmente mendigos (como nosotros).
Viaje de Pedro y sus compañeros a la ciudad de Litargoel
Les respondió así: —Si os es posible, venid a mi
ciudad. No sólo os enseñaré la perla, sino que os la daré de balde.
Los pobres y los mendigos se alegraron a causa de 5 el [dadivoso] mercader.
[Los hombres] (de la ciudad) [preguntaron a Pedro] sobre las penalidades [del
camino]. Pe[dr]o respondió [contándoles] lo que habían oído de [las
dificultades] del camino, puesto que [experimentarán?] (esas) penalidades en su
ministerio. (Luego) dijo (Pedro) al hombre que vendía la perla: —Deseo conocer
tu nombre y las penalidades del camino hasta tu ciudad, porque somos forasteros
y siervos de Dios, y nos es necesario extender la palabra de Dios en toda
ciudad pacíficamente.
Respondió así (el vendedor de perlas): —Si preguntas por mi
nombre, es Litargoel, que significa «piedra liviana (que brilla como los ojos
de) una gacela». Y la vía hacia la ciudad sobre la que me has preguntado, te la
mostraré (también). Cualquier hombre no puede ir por ese camino, salvo el que
haya renunciado a todo lo que posee, y ayune diariamente de estación en
estación. Porque son numerosos los ladrones y las fieras salvajes en esa vía.
Al que lleva pan consigo para el camino, perros negros lo devoran a causa de
ese pan. El que lleva un vestido precioso de este mundo lo matan los ladrones 6 [a causa del] vestido.
[Al que lleva] agua [lo destrozan] los lobos [por el agua], ya que tienen sed.
[Al que] se preocupa de la [carne] y las verduras, lo desgarran los leo[nes] a
causa de la carne. [Si] escapa de los leones, lo cornean los toros a causa de
las verduras.
Cuando terminó de decirme [estas] cosas, suspiré en mi
interior diciendo: «¡Qué grandes son las penalidades del camino! ¡Ojalá nos
diera Jesús fuerza para caminar por él!»
Me miró mientras suspiraba y se entristecía mi rostro. Me
dijo: —¿Por qué suspiras si conoces ese nombre, «Jesús», y crees en él? Él es
el Gran Poder y lo concede. Porque yo también creo en el Padre que lo envió.
Volví a preguntarle: —¿Cuál es el nombre del lugar al que te
vas, tu ciudad?
Me respondió: —El nombre de mi ciudad es «Nueve Puertas».
Alabemos a Dios mientras nos ejercitamos pensando que la décima es la cabeza.
Después de esto me aparté de él en paz para llamar a mis
compañeros. (Entonces) vi unas olas, y grandes y elevados muros que rodeaban
los límites de la ciudad. Me admiré de las grandezas que vi. Y observé a un
anciano que estaba sentado. Le pregunté el nombre de la ciudad, si en verdad
(su nombre) era 7
«Inhabi[tación»] [...]. Me dijo: —[Has dicho] verdad, pues [habitamos] aquí,
porque soportamos con paciencia.
[Respondí] así: —Justamente [...] los hombres la han llamado
[...] porque las ciudades son habitadas por quienes soportan con paciencia sus
tentaciones. Un reino noble saldrá de ellas, pues resisten en medio de las olas
y de las angustias de las tormentas. De modo que la ciudad de aquellos que
soportan el peso del yugo de la fe será habitada. Y él, (cada uno de sus
habitantes,) será computado en el reino de los cielos.
Transición a la segunda narración
Me marché apresuradamente y llamé a mis compañeros para
entrar en la ciudad de la que nos había hablado Litargoel. Ligados por la fe,
abandonamos todas las cosas como él nos había dicho. Nos libramos de los
ladrones, puesto que no encontraron sus vestiduras sobre nosotros. Nos
escapamos de los lobos, porque no hallaron en nosotros el agua de la que
estaban sedientos. Nos libramos de los leones, porque no encontraron en
nosotros el deseo de carne. 8
[Nos escapamos de los perros] y de [los toros, porque no encontraron ni pan] ni
verduras. [Sentimos una] gran alegría, [con] (ausencia) de preocupaciones en la
paz de nuestro Señor. Tomamos un poco de descanso ante la puerta y comentamos
entre nosotros cosas que no suponían distracción en este mundo, sino una
práctica continuada de la fe.
Segundo encuentro con Litargoel
Mientras hablábamos de los ladrones del camino, de quienes
habíamos escapado, he aquí que salió Litargoel. Se había transformado ante
nosotros y había tomado la apariencia de un médico. Llevaba bajo su brazo un
ungüento de nardo medicinal, y un discípulo le seguía portando una cajita llena
de medicinas. Nosotros no lo reconocimos. Pedro respondió y le dijo: —Nos
gustaría que nos hicieras un favor, ya que somos extranjeros. Condúcenos a la
casa de Litargoel antes de que se haga tarde.
Nos respondió: —Os la mostraré con rectitud de corazón. Pero
me admira que conozcáis a ese hombre bueno, pues no se revela a cualquiera, ya
que es el hijo de un gran rey. Descansad un poco mientras voy, curo a ese
hombre y vengo (de nuevo).
Se dio prisa y volvió 9 rápidamente. (El hombre) dijo a Pedro: —Pedro.
Éste se atemorizó (preguntándose) cómo había llegado a saber
que su nombre era Pedro. Pedro respondió al Salvador: —¿De dónde me conoces,
puesto que has pronunciado mi nombre?
Respondió Litargoel: —Deseo preguntarte quién te ha dado el
nombre de Pedro.
Díjole él: —Jesús, el Cristo, el hijo del Dios viviente, Él
me dio este nombre.
Respondió (Litargoel) con estas palabras: —Yo soy (ese).
Reconóceme, Pedro.
Desanudó el vestido que le cubría, con el que se había
disfrazado ante nosotros, y se nos reveló en verdad como era él. Nos postramos
en tierra y lo adoramos nosotros, los once apóstoles. Extendió su mano, nos
hizo levantar (y) hablamos con él humildemente. Mientras nuestras cabezas
estaban inclinadas hacia el suelo con respeto, le dijimos: —¿Qué quieres que
hagamos? Mas otórganos la fuerza para que cumplamos tu voluntad en todo
momento.
Él (Jesús) les entregó el ungüento de nardo curativo y la
cajita que estaba en las manos del discípulo, y les impartió la orden 10 siguiente: —Volved a la
ciudad de la que habéis salido que es llamada «Inhabitación». Continuad
enseñando pacientemente a los que han creído en mi nombre, puesto que yo he
tenido paciencia en los sufrimientos de la fe. Yo os otorgaré vuestra recompensa.
Dad a los pobres de la ciudad lo que necesiten para que vivan de ello, hasta
que yo les dé lo que es superior, lo que os dije que os iba a dar de balde.
Pedro respondió con estas palabras: —Señor, Tú nos has
enseñado a renunciar al mundo y a lo que en él hay. Hemos dejado todo por ti.
Nos preocupamos (ahora solamente) del alimento de cada día. ¿Dónde podremos
encontrar las cosas necesarias que nos pides entregar a los pobres?
El Señor respondió con estas palabras: —¡Oh Pedro!, era
necesario que comprendieras la parábola que te he contado. ¿No sabes tú que mi
nombre, que tú enseñas, es más valioso que cualquier riqueza y que la sabiduría
de Dios es superior al oro, la plata y las piedras preciosas?
La misión universal
Les entregó (la cajita con) los remedios medicinales y les
dijo (de nuevo): —Curad a todos los enfermos de la ciudad que han creído 11 [en] mi nombre.
Pedro tuvo miedo de responderle por segunda vez. Se dirigió
al que estaba a su lado, que era Juan, (y le dijo): —Habla tú esta vez.
Juan respondió con estas palabras: —Señor: tenemos miedo de
pronunciar ante ti multitud de palabras. Pero eres tú el que nos exige que
practiquemos esta técnica, aunque nadie nos ha instruido para ser médicos.
¿Cómo, pues, sabremos curar los cuerpos, como tú nos has ordenado?
Le respondió (Jesús): —Has hablado bien, Juan, pues yo sé
que los médicos de este mundo acostumbran a curar (las enfermedades) que
pertenecen al mundo. (Pero) los médicos del alma sanan los corazones. Curad,
pues, los cuerpos primero, de modo que gracias a la potencia curativa que hay
en vosotros para curación de los cuerpos sin medicinas de este mundo puedan
creer que os es posible también sanar las enfermedades del corazón. Con los
ricos de la ciudad, (sin embargo,) esos que no consideran digno saber de mí,
sino que se regocijan en su riqueza y en su orgullo, con ésos, pues, 12 no comáis en [sus]
casas, ni os amiguéis con ellos, no sea que os hagan partícipes de su
parcialidad. Pues muchos toman partido por los ricos en las iglesias, porque
son pecadores (también) y proporcionan la ocasión a otros hombres de hacer (lo
mismo). Mas vosotros juzgadlos con sabiduría, de modo que vuestro ministerio
sea glorificado, y para que Yo y mi nombre sean glorificados también en las
iglesias.
Los discípulos respondieron así: —Sí. En verdad esto es lo
que conviene hacer.
Se postraron en tierra y lo adoraron. (Pero) él los hizo
levantar y se apartó de ellos en paz. Amén.
Hechos de Pedro y los Doce Apóstoles.
Nota: la numeración corresponde a las páginas del manuscrito.
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